“No puedo cambiar a unos pasos de la tumba, ni puedo nadar entre tiburones siendo carnada”.
Con estas palabras se despedía el personaje de Alejandro en una película acerca de Fidel Castro en Miami luego de llegar a las costas de la Florida en una balsa y vivir como inmigrante ilegal por unas semanas. Alejandro escuchaba cada cosa sobre su persona, sin embargo, ningún adulto pareció reconocerle. El rebatía cada comentario defendiendo su régimen, respondiendo cada argumento al escucharlo, como todo mozo entremetido. Alejandro comenzó a entender lo mal de muchas de sus acciones e intentaba reconciliarlas dentro de una batalla moral justificándose en el tiempo, espacio y momento. A su regreso a Cuba, en un barco de contrabando por cierto, en costas cercanas a la Antilla grande su transformación de Alejandro, el mozo maduro y envejecido de El Mojito en Miami, que en momentos pareció reflexionar sobre sus pasados años, se reencontraba con su alter ego, Fidel, y emprendía el regreso a su habitual sendero de la autoridad totalitaria despojando de la vida a los “traidores”.
Dicen por ahí que aunque el sapo y el escorpión sean amigos, eso no implica que en algún momento el escorpión no le dé un abrazo de ponzoña y lo mate, total, esa es su naturaleza. De esta manera la ineptitud, es para algunos, la norma. No importa cuantos títulos tengas colgados en tus paredes, si al hablar no convences, si tus ideas no son bien plasmadas en pensamientos articulados solo serán más palabras, nada diferente a no decir nada. Es recomendable que el que que no tiene nada que aportar para mejorar, por su bien emocional, permanezca lo más callado posible. El que te vea puede pensar, es muy inteligente, está analizando, o, es un idiota, no tiene nada prudente que decir. Sin embargo, usualmente esta raza de colores chillones tiende a despejar las dudas y con sus comentarios prueba lo que para la mayoría era evidente, su confirmación de ser inepto. Evítelo, porque nadie prudente quiere nadar cuando es una carnada entre tiburones.
jueves, 22 de abril de 2010
miércoles, 14 de abril de 2010
La arrogancia nuestra de cada día
Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?
-Pedro Calderón de la Barca, parte del Soliloquio de Segismundo en La vida es un sueño.
El arrogante es aquella persona que señala unas virtudes, que cree tener, aun cuando nadie las haya visto manifestarse. Este o esta se transforma así en un absurdo, una especie de parodia social, la comidilla de aquellos que apuestan a tener mejores ideas y que de hecho, han presentado con el solo objetivo de aportar soluciones.
La diferencia entre un intelectual y el que no lo es son el uso de las palabras. La diferencia entre un buen maestro y alguien que haya estudiado educación es la manera de presentar de forma sencilla lo que es complicado. Claro, pero esto no exime que se complique lo sencillo en cuyo caso tendremos un problema, no con las ideas, sino con el portador de estas. Hay que reconocer que todos los humanos piensan pero no todos razonan y es en este ejercicio que se demuestra que la arrogancia es un tipo de residuo de la mediocridad.
El mundo absurdo del arrogante consiste en la adjudicación de capacidades que no les han sido reconocidas, que no tiene y que probablemente no pueda comprar, pero es peor, se rodea de mediocridad para sobresalir y de esta manera reinar como tuerto entre ciegos. Este ser de la nada manifiesta y despliega faltas al consciente colectivo que se resigna a aceptarle como precursor de ideas y le ve más bien como usurpador, dictador y secuestrador de estas, que solo en su planeta de neuronas pueden funcionar. Su majestad arrogante no se esmera en consultar porque lo sabe todo, se siente investido de una infalibilidad tal como si se tratara de una divinidad mitológica. Las divinidades mitológicas solo logran dominar a través de la amenaza y el miedo lo que por el convencimiento de sus planteamientos no logra hacer, total son dioses.
El arrogante podrá pensar que sufrimos, los que no necesitamos de la autopublicidad fututera, sin embargo, debo hacer claro que nosotros (somos muchos) los que nos inyectamos contra el virus mediocrus nos carcajeamos hasta salirnos la urea ante el vodevil gratuito, (no en el plano artístico pues el aplauso y el aprecio está para el que lo merece), de quienes hacen de la arrogancia un arte y esperan ser recompensados con aplausos y vítores. Hasta otra ocasión nos veremos a la vuelta de la esquina.
Si nosotros, vanas sombras, os hemos ofendido,
pensad sólo esto y todo está arreglado:
que os habéis quedado aquí dormidos
mientras han aparecido esas visiones.
Y esta débil y humilde ficción
no tendrá sino la inconsistencia de un sueño;
amables espectadores, no nos reprendáis;
si nos perdonais, nos enmendaremos.
Y, a fe de honrado Puck,
que si hemos tenido la fortuna
de escaparnos ahora del silbido de la serpiente,
procuraremos corregirnos de inmediato.
De lo contrario, llamad a Puck embustero.
Así, pues, buenas noches a todos.
Dadme vuestras manos, si es que somos amigos,
y Robin os lo restituirá con resarcimiento.
-William Shakespeare, despedida de Puck en Sueño de una noche de verano
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?
-Pedro Calderón de la Barca, parte del Soliloquio de Segismundo en La vida es un sueño.
El arrogante es aquella persona que señala unas virtudes, que cree tener, aun cuando nadie las haya visto manifestarse. Este o esta se transforma así en un absurdo, una especie de parodia social, la comidilla de aquellos que apuestan a tener mejores ideas y que de hecho, han presentado con el solo objetivo de aportar soluciones.
La diferencia entre un intelectual y el que no lo es son el uso de las palabras. La diferencia entre un buen maestro y alguien que haya estudiado educación es la manera de presentar de forma sencilla lo que es complicado. Claro, pero esto no exime que se complique lo sencillo en cuyo caso tendremos un problema, no con las ideas, sino con el portador de estas. Hay que reconocer que todos los humanos piensan pero no todos razonan y es en este ejercicio que se demuestra que la arrogancia es un tipo de residuo de la mediocridad.
El mundo absurdo del arrogante consiste en la adjudicación de capacidades que no les han sido reconocidas, que no tiene y que probablemente no pueda comprar, pero es peor, se rodea de mediocridad para sobresalir y de esta manera reinar como tuerto entre ciegos. Este ser de la nada manifiesta y despliega faltas al consciente colectivo que se resigna a aceptarle como precursor de ideas y le ve más bien como usurpador, dictador y secuestrador de estas, que solo en su planeta de neuronas pueden funcionar. Su majestad arrogante no se esmera en consultar porque lo sabe todo, se siente investido de una infalibilidad tal como si se tratara de una divinidad mitológica. Las divinidades mitológicas solo logran dominar a través de la amenaza y el miedo lo que por el convencimiento de sus planteamientos no logra hacer, total son dioses.
El arrogante podrá pensar que sufrimos, los que no necesitamos de la autopublicidad fututera, sin embargo, debo hacer claro que nosotros (somos muchos) los que nos inyectamos contra el virus mediocrus nos carcajeamos hasta salirnos la urea ante el vodevil gratuito, (no en el plano artístico pues el aplauso y el aprecio está para el que lo merece), de quienes hacen de la arrogancia un arte y esperan ser recompensados con aplausos y vítores. Hasta otra ocasión nos veremos a la vuelta de la esquina.
Si nosotros, vanas sombras, os hemos ofendido,
pensad sólo esto y todo está arreglado:
que os habéis quedado aquí dormidos
mientras han aparecido esas visiones.
Y esta débil y humilde ficción
no tendrá sino la inconsistencia de un sueño;
amables espectadores, no nos reprendáis;
si nos perdonais, nos enmendaremos.
Y, a fe de honrado Puck,
que si hemos tenido la fortuna
de escaparnos ahora del silbido de la serpiente,
procuraremos corregirnos de inmediato.
De lo contrario, llamad a Puck embustero.
Así, pues, buenas noches a todos.
Dadme vuestras manos, si es que somos amigos,
y Robin os lo restituirá con resarcimiento.
-William Shakespeare, despedida de Puck en Sueño de una noche de verano
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)